Fecha: 18 de junio, 2009
Por otro lado hemos dicho que el conocimiento del mundo interior puede llevar a un enfrentamiento con su contradicción interna pues supone enfrentarse con su insuficiencia o con su importancia, de aquí ese peculiar espíritu de inseguridad. La intimidad supone también debilidad. Este fenómeno hace que surjan dos actitudes:
1. el deseo y necesidad de comprensión lo que le lleva a buscar guía y apoyo en quienes le comprenden algo mejor que son sus amigos y, por otro lado,
2. la desilusión que le produce descubrir la realidad que le rodea, el mundo en que vive, que puede llevarle a un sentimiento de inutilidad.
Pero también hemos dicho anteriormente, que el adolescente fluctúa hacia una tendencia generosa a relacionarse con otros basado en sus intereses sexuales. Constituyen otro de los componentes básicos que ayudan a comprender el mundo afectivo de la adolescencia. En edades tempranas, el individuo vive en un mundo cuyo centro es él mismo. Con el paso de los años, se supera ese egocentrismo, al principio se recoge en sí mismo y más tarde, comienza a reconocer a su alrededor personas y el mundo, surgiendo en él intereses sexuales, sociales, culturales… vocacionales.
La evolución de este fenómeno es la siguiente. De 10-12 años, se manifiesta, cierta oposición entre ambos sexos (pandillas unisexuales). A los 14-16 años comienzan a interesar los amigos/amigas en cuanto grupo; surge la pandilla de ambos sexos cuyo sentido será facilitar el encuentro de la pareja y sólo algunos empiezan a emparejarse e independizarse.
El preadolescente era individualista, buscaba sólo aquellas personas que pensaran como él. Ahora en la adolescencia, se abre a las influencias más diversas y reconoce que la autoridad, el orden, la ley y la obediencia son necesarias. Presenta intereses sociales. Se pone en contacto con las grandes relaciones de la sociedad (algunos la llaman etapa romántica) Se empieza a socializar y madurar como sus semejantes desean y esperan de él.
En consecuencia, el joven se hace maduro para el orden social después de encontrarse consigo mismo y de que haya acuñado su individualidad. Se trata de la edad de la entrega y la generosidad. Empezará a participar en los movimientos asociativos juveniles y se verá envuelto en todo tipo de revuelta social. Se encuentra sumido en un grupo que le entiende y le acoge al tiempo que los prejuicios y estereotipos le acechan en su lucha por construir su personalidad, ¡de ahí la importancia de las buenas compañías y el valor de los modelos correctamente asumidos! (ahí tienen mucha tarea los padres y las familias en general).
En esa apertura al mundo que le rodea, aparecen también intereses culturales como parte integrante de sus intereses sociales. Estos intereses culturales experimentan una paulatina consolidación, aunque siguen estando escasamente consolidados como lo demuestran los frecuentes cambios de estudios. Se fijarán debidamente estos intereses cuando exista una correcta influencia del mundo de los adultos. La adolescencia es la edad del trabajo objetivamente orientado.
Despierta la capacidad para vivir valores, para establecer una conexión viva activa, con esferas culturales. Esto tiene clara implicación en el plano educativo porque los adultos (padres y profesores) que tienen una firme personalidad cultural obtienen grandes éxitos con los adolescentes.
Estos adultos son portadores de cultura viva e influyen fácilmente en los alumnos contando con la adhesión y simpatía de estos.
Todo lo anterior nos lleva a afirmar que en esta etapa se consuma el proceso de interiorización de pautas culturales y de valor, y se perfecciona la adquisición de habilidades técnicas, comunicativas y en general, sociales. Esta consolidación de habilidades contribuye a asegurar al adolescente su propia autonomía frente al entorno.
Caracteriza al adolescente un particular y sutil equilibrio, a veces desequilibrio, entre dependencia e independencia, autonomía y heteronomía, seguridad e inseguridad en sí mismo, que se manifiesta en relación tanto con la familia, la autoridad o la generación de los adultos, cuanto con sus propios compañeros e iguales en edad.

