Fecha: 03 de febrero, 2009
El miedo y la ansiedad son sistemas de respuesta que permiten al ser humano ponerse en estado de alerta ante estímulos o situaciones que percibe como peligrosos, formando parte, a la vez, del desarrollo adecuado del niño para protegerlo y asegurar su supervivencia.
Lo que diferencia el miedo de la ansiedad es que en el primer caso la sensación es producida por un estímulo concreto, mientras que en la ansiedad se trata de un miedo más difuso y menos específico con mayor peso del pensamiento. Por ejemplo, un niño puede tener miedo a los perros y pasarlo mal, y la ansiedad representaría la sensación que le provoca el pensar en que tiene que ir a casa de un familiar que tiene perros e intentará evitarlo; incluso podrá llorar, somatizar su ansiedad a través de dolores físicos sin causa médica y tener pensamientos negativos.
Cuando el miedo y la ansiedad son excesivos y desadaptativos hablamos de trastorno de ansiedad infantil. El niño tiende a exagerar las posibilidades de peligro de un acontecimiento creyéndose incapaz de afrontar determinadas situaciones. La ansiedad repercute en su desempeño en el colegio, casa, con los amigos, etc. provocándole gran malestar.
Los trastornos de ansiedad son los más frecuentes entre las niñas y se manifiestan por igual en niños que adultos. Se trata de una reacción desproporcionada ante el recuerdo o la previsión de un acontecimiento, el pensar en ello provoca distintas reacciones:
Los niños de seis a doce años deberán aprender a reconocer y enfrentar la ansiedad, a través de los miedos propios de la infancia como la oscuridad, los monstruos, los animales, etc. A partir de este afrontamiento irán adquiriendo los recursos necesarios para seguir desafiando nuevas situaciones que les irán provocando ansiedad a lo largo de la vida (los exámenes, la primera cita, una entrevista de trabajo, etc.).
El rol del adulto debe ser acompañarlo y ayudarlo a superar su ansiedad, no la de evitarla. Así, por ejemplo, si un niño cree que hay monstruos es su cuarto no optar en seguida por dejarle ir a dormir en la habitación de los padres, sino que se lo debe calmar, demostrarle que no están y buscar las maneras de ayudarle a que se duerma en su propia habitación y afronte sus miedos.
Bibliografía:
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